- ¿Mas silencio?
La miró fugazmente sin decir palabra, su cara inexpresiva no impedía que de su rostro emanara un intenso desprecio que ella no le había conocido hasta entonces. Aún así le robó el cigarrillo de la boca con una sonrisa, como una niña que juega a no entender, pero sólo consiguió que el odio en su rostro mudo aumentara.
- ¿Hasta cuando?
Tragó de su copa y se apartó con forzada indiferencia. No podía verla, no soportaba su presencia, coqueteaba más que nunca con la idea de dejarla, de deshacerse del peso de toda esta historia tan parecida al juicio interminable de un condenado a muerte aferrado a la vida. Unas cadenas demasiado fuertes para ser visibles lo ataban a ella, a todo el peso de su locura, de su imprevisible transparencia, de una conducta desconocida que la domina, como un espectador a merced de un director anónimo, sumergida en la teatralización de su propia existencia.
Al volver del lavabo él se perdió entre la multitud "¿Qué cadenas? no hay ningunas cadenas, son el aire, omnipresente y sin embargo ningún impedimento para mi libertad. Me deshago de ella si quiero". No le hacía falta verbalizar este pensamiento intrínseco a toda relación humana, en ese momento su cabeza era un bloque de niebla densa que intentaba aligerar con el alcohol. Entonces ella apareció, toda hechos, esclava de una voluntad desconocida lo tomó de la mano por la fuerza y él se vio obligado a no soltarla para no perderse entre la gente. No pensó entonces que ese momento era una breve metáfora de su situación, si uno de los dos se suelta pierde al otro aunque no por eso pierda su camino, pues una amigo que también sabía encontrar al grupo venía con los dos. El desprecio visceral que sentía hacia ella en ese momento se confundía con el calor conocido de su mano, el que hubiese una finalidad funcional que justificase el hecho de que estuviesen cogidos traspasaba las barreras de todo el contexto que los enfrentaba, y los convertía en sólo eso, en dos manos unidas para no perderse entre la multitud, aunque sin tenerse el uno al otro acabarían los dos igualmente por encontrar su camino.
En el instante mismo en que llegaron con los demás dejó de haber una supuesta razón para seguir unidos y se soltaron, él volvió a su labor de disfrutar de la compañía de sus amigos a pesar de ella, y ella se quedó sola con el mareo de una culpa que no sentía del todo merecida. Hasta entonces todo entre ellos siempre había sido difuso, inconcreto; sin haberlo acordado nunca dos cuerpos constituidos por los celos habían pactado fidelidad a pesar de no haberse unido. Él no lo había querido y cuando ella le insistía en el por qué, él se justificaba con palabras difusas, o sin ellas. Sus interminables silencios sólo se acababan cuando ella le buscaba, la ambigüedad de la relación se convertía en una confusa desolación que la hacía sentirse irrelevante, incluso una carga, un estorbo. Bien pasado un año de haberse conocido él se consideraba soltero ante sus amigos, incluso estando ella delante ¿cómo no iba a sentirse insignificante, incluso humillada? Cada día se preguntaba cuanto tiempo pasarían sin saber nada el uno del otro si ella no le llamase.
Se quedó un rato allí de pie, sola, incómoda, mirando al grupo de amigos. Decidió perderse entre la multitud, nadie la echaría de menos y alguien la echaba de más (lo comprobó porque nadie le envió un mensaje tras irse sin avisar), ¿qué sentido tenía quedarse allí? La música y el escándalo de la gente formaban parte de una realidad paralela a la suya, su cabeza era un enjambre, pero ya no podía pedirle disculpas, no podía, siempre era ella quien tenía que disculparse, incluso por las cosas que él había hecho, y todo con tal de no perderle, porque ella pensaba que a él le importaba poco perderla, como había sido con todos los hombres que había querido. Una palabra mal interpretada podía dar pié a una discusión y a un silencio infinito. Ella estaba cansada, no quería perderle, le dolería en el alma, ella le había dicho cientos de veces a la cara las razones que la llevan a quererle, pero estaba cansada de la imprecisión, de la indecisión, y del silencio de ese amor a cuentagotas. Por eso lo hizo. Cuando él volvió de su viaje, un par de semanas atrás, parece que tomó la decisión de estar con ella, mientras él lo pensaba ella se perdió un confuso rencor.
No recuerda que habían hablado y que habían supuesto, en todo caso él sabía que nada de todo eso justificaba lo que ella había hecho. El día después de la fiesta durmió hasta bien entrada la tarde, al despertar, mareado de la noche anterior, buscó algo con qué entretenerse. Le pesaría mucho olvidarla, pero podría hacerlo, ya lo había hecho otras veces; la quería, pero no estaba enamorado; compartían muchas cosas, pero no los unía nada más que el deseo de estar juntos, un deseo que él podía controlar, modular, incluso anular si se lo proponía. La vida lo había hecho fuerte, olvidar a una mujer no era un problema. Al cabo de unos días ella decidió llamarle, una voz gélida al otro lado del auricular acordó quedar esa misma tarde para tomar un café. Se sentaron, su cuerpo era una lápida, ella un gusanillo nervioso de mirada perdida que jugaba con la cucharilla del café. Con una voz seca y resuelta él dijo que era mejor dejarlo, sin más. Pronunció esas tres palabras, dejó en la mesa el dinero de los cafés inacabados, e hizo el gesto de irse. Ella intentó impedírselo, pero eso sólo le dio más fuerza y ganas de marchar, y así lo hizo, por mucho que ella se interpusiese él la apartaba de su camino, hasta que finalmente ella desistió y él se fue.